Belén Pulido (Área de Psicología)

¡Bienvenido 2020! Seguro que muchas personas ya han hecho balance sobre cuales fueron los propósitos del 2019 que consiguieron lograr y cuáles serán los que retomarán o iniciarán para el nuevo año. 

 

Es común que algunos propósitos se resistan, y aparezcan una y otra vez en nuestra lista. Para comprender por qué ocurre esto, es necesario entender cuáles son las resistencias que nos impiden dar camino a nuestros nuevos propósitos. Al repetirlos cada año nos volvemos más rígidos, más exigentes y con una mayor necesidad de control hacia dicho propósito. Darnos cuenta que no hemos sido capaces de cumplir un objetivo que nos propusimos hace 365 días, nos hace sentir incapaces, frustrados, con un gran sentimiento de culpa o fracaso, sin tener en cuenta que todo esto influirá en nuestra autoestima y en nuestra forma de percibirnos. 

 

Para ello es importante que tengamos en cuenta dos aspectos. Por un lado, debemos establecer pequeños objetivos hasta la meta final, lo cual nos ayudará y nos acercará de una forma más positiva a que este nuevo propósito se lleve a cabo. De esta forma también conseguiremos disminuir algunos sentimientos de incapacidad o frustración que aparecen de forma común en estas circunstancias. Y por otro lado, debemos tomar conciencia sobre ese objetivo que vamos a llevar a cabo. Es decir, ahondar y conocer de forma plena nuestro nuevo propósito. 

 

Uno de los más repetidos cada año es hacer dieta y cambiar la relación con la comida. Pero ¿Somos conscientes sobre qué supone ponernos a dieta? ¿Conocemos todos los factores asociados a este propósito? ¿Tenemos en cuenta que la relación con la comida no solo se basa en el peso y la imagen corporal?

 

En este caso, tomar consciencia significa entender que lejos de la realidad, la comida es mucho más que el peso. No se trata de un elemento independiente a nosotros y a nuestro entorno. La comida es una forma de relación con los demás,  es agradecimiento por ejemplo a través de un regalo, es cariño y cuidado, es compañía, es compartir con otros, es una forma de premiarme o castigarme, es mi relación con el entorno, es presión social, es la relación con las personas que te alimentaban cuando tú no podías, es recuerdo a través del olfato, la comida nos ayuda a mantenernos vivos, es celebración, es la primera forma de relación con nuestra figura de apego, es también una forma de comunicación, es salud. Pero también es dualidad y ambivalencia entre placer y culpa. 

 

La comida nos ayuda a formar nuestra identidad y a construir una mirada hacia nosotros mismos. Por ello sobre la comida y sobre nuestra relación con ella, se proyectan cargas emocionales, dando a nuestras emociones un gran papel en la relación que establecemos con la comida. Lo cual nos lleva a pensar que detrás de este propósito se deben llevar a cabo pasos anteriores como conocer mis emociones, aprender a identificarlas y a gestionarlas.

 

Esto nos hace ver que la comida no es un elemento aislado, sino que está presente en muchas áreas de la persona de forma compleja; en las relaciones con los demás, en las relaciones con uno mismo o en las emociones. Por lo que restringir determinados alimentos, llevar a cabo determinadas dietas, no solo se relaciona con una nueva conducta sino con algo mucho más complejo. 

 

Por lo tanto, si hasta ahora no has encontrado la forma de cumplir alguno de tus objetivos en referencia a la alimentación, te animo a que cambies la perspectiva y la forma de relacionarte. Acercándote a ellos con una mirada más flexible, más consciente y tomando las decisiones a través del conocimiento, dejando a un lado la creencia sobre que el cambio únicamente reside en la fuerza de voluntad o en el valor personal.  

 

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